El hormigón tiene una manía: se mueve. Se dilata con el calor, se contrae al fraguar, «trabaja» con los cambios de temperatura… y si no le dejas por dónde, se agrieta donde le da la gana.
Para eso están las juntas.
Y aunque suene a detalle técnico menor, lo cierto es que una solera bien serrada y una mal serrada se diferencian en una cosa: la segunda acaba llena de grietas.
Cuéntanos tu caso y te decimos cómo lo plantearíamos: qué técnica encaja, qué precauciones tomar y cómo hacerlo con el mínimo ruido, polvo y vibración. El primer consejo es gratis… y suele ahorrar muchos problemas.
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Por qué el hormigón necesita juntas
Como solemos explicar desde Ansara Taladros, una losa o un pavimento de hormigón no es una pieza que se mantenga móvil. Mientras fragua se retrae, y una vez en servicio se dilata y se contrae con la temperatura. Todo ese movimiento genera tensiones internas.
Y te preguntarás: «¿qué pasa si esas tensiones no tienen salida?» Básicamente, que el hormigón se fisura por su cuenta, de forma irregular.
Dicho de otra forma. La junta es, básicamente, como decirle al hormigón: «si te vas a agrietar, hazlo aquí». Es una línea de debilidad controlada que concentra la fisura en un punto previsto y limpio, en lugar de dejarla campar a sus anchas.
Tipos de junta
Antes de hablar del tiempo como factor clave, creemos que es importante detenernos a explicar los diferentes tipos de juntas que existen (porque se suelen mezclar):
Juntas de retracción o control
Son las que se serran en la propia losa para controlar la fisuración por retracción. No atraviesan todo el espesor, sino que marcan una línea de debilidad para que la grieta, si aparece, lo haga justo ahí.
En general, podemos decir que son las más habituales en soleras y pavimentos.
Juntas de dilatación
Este segundo tipo de juntas permiten el movimiento entre paños o entre la losa y otros elementos (pilares, muros, otra solera). Absorben la dilatación para que las distintas partes puedan moverse sin empujarse entre sí.
Juntas de construcción
Y por último, tenemos las que aparecen donde se interrumpe el hormigonado: el punto donde acaba una jornada y empieza la siguiente. Las de dilatación marcan el encuentro entre dos vertidos.
El factor clave: el tiempo
Ahora sí, hablemos de la importancia del tiempo en este asunto. Las juntas de control no se serran cuando uno quiere, sino cuando el hormigón lo pide.
En este sentido, si serras demasiado pronto el hormigón aún está tierno y el borde se desmorona (lo que se llama «descarne»). Sin embargo, si serras demasiado tarde… ya es tarde: el hormigón se ha fisurado solo, por su cuenta, y la junta ya no sirve para nada.
Por eso hay una ventana de tiempo (que depende del hormigón, la temperatura y las condiciones) en la que hay que entrar a cortar. Y acertar con esa ventana es justo donde se nota el oficio.
Cómo se hace un buen corte de juntas
La lógica de trabajo, una vez claro el cuándo, suele ser esta:
1. Replanteo de la cuadrícula
Se define la separación entre juntas y el trazado. No se ponen «a ojo»: la distancia entre juntas depende del espesor de la losa y de unas cuantas variables más.
2. Corte en el momento justo
Con la cortadora de suelo (la típica sierra de juntas), se sierra siguiendo el trazado dentro de esa ventana de tiempo de la que hablábamos.
3. Profundidad controlada
La junta de control no atraviesa toda la losa: se corta a una fracción del espesor, la justa para inducir la fisura por debajo. Ni más ni menos.
4. Sellado
En muchos casos la junta se sella después, para protegerla de la entrada de agua, suciedad o tránsito.
Dónde aparece este trabajo
El corte de juntas está en muchísimos más sitios de los que parece:
- Soleras de naves industriales y centros logísticos.
- Pavimentos de aparcamientos y parkings.
- Patios, aceras y urbanización exterior.
- Soleras de viviendas y locales.
Vamos, que donde hay una solera de hormigón, casi seguro hay juntas serradas.
Los errores que se pagan en forma de grietas
A continuación, queremos mencionar también los fallos que más nos encontramos en relación a las juntas:
- Serrar demasiado tarde y descubrir que el hormigón ya se ha fisurado solo.
- Serrar demasiado pronto y descarnar el borde de la junta.
- Separar mal las juntas: demasiado lejos unas de otras y la losa fisura igual.
- Cortar a una profundidad insuficiente, con lo que la junta no «induce» nada.
En estos 4 casos, el origen suele ser el mismo: no respetar ni los tiempos ni los criterios.
Y precisamente por este motivo, si tienes una solera o un pavimento entre manos, aquí tienes más información sobre cómo trabajamos como Empresa de corte de hormigon en Madrid.